El rostro de la violencia

Mindi Rodas junto a su ex marido, Esteban López, antes del ataque.


“Se la pasaba pegándome y nunca lo denuncié porque amenazaba con quitarme al niño. Me duele tanto que el ser a quien yo más quería me haya hecho tanto daño…”.

En una carta de su puño y letra, Mindi Rodas dejó escrita, a los 23 años, la triste historia de su vida. Unas veces deseaba morirse, otras soñaba con un futuro feliz junto a su tesoro más preciado: su hijo. Para ella, el calvario comenzó a los 17, cuando quedó embarazada y empezaron las humillaciones y los malos tratos. Por aquel entonces nadie, ni su propia familia, la creía. “Se veía tan humilde mi yerno, que no parecía posible”, explica Mónica Donis, desde la trastienda del pequeño negocio que regenta en la aldea El Cunquillo, a 10 minutos de Barberena, en Guatemala.

Como muestra, enseña un retrato donde la pareja posa abrazada y sonriente ante las cámaras. “Lo amaba tanto que creo que mi hija habría seguido con él, a pesar del dolor y la humillación”, añade.

Paradójicamente, fue Esteban López Bran quien en junio de 2009 tomó la decisión de separarse, abandonando a Mindi por una de sus amantes. Días después, el 3 de julio, agarró un cuchillo e intentó matarla. Rodas se sobrepuso a las heridas físicas, que le desfiguraron brutalmente el rostro al quedarse sin labios ni nariz, pero nunca más volvió a ser la misma. Por más que quisiera recuperarla, había perdido su sonrisa.

Norma Cruz, activista humanitaria y directora de la fundación que le ha dado seguimiento al caso, enseña con preocupación unas estadísticas, desde la sede de “Sobrevivientes”. Solo en 2010 esta institución atendió a 12 mil 820 mujeres víctimas de la violencia en Guatemala. Mientras, el Organismo Judicial (OJ) reportó, para el mismo período, más de 46 mil querellas por malos tratos.

“El marido de Rodas, comenta, es un ejemplo más del mal que padece nuestra sociedad, profundamente machista y violenta. Estaba furioso y quiso marcarla para siempre.”

El motivo de su enojo fue la pensión de 80 euros que ella pidió para la manutención del hijo en común, quien ahora acaba de cumplir 5 años. Los menores son, a menudo, las víctimas invisibles en este problema. Actualmente, en Guatemala, se estima que hay más de 500 niños viviendo en las calles. Procedentes de familias desestructuradas, muchos de ellos terminan engrosando las filas de las pandillas y el narcotráfico.

Mindi Rodas relata en esta carta su historia de vida

“Tenemos miedo”

- “Estiven, ¿dónde está tu mamá?”

El pequeño alza la cabeza, sin decir nada. Sus manos sostienen imágenes que ya son recuerdos mientras se esfuerza en no llorar. Tras repetir de nuevo la pregunta, nos dice, muy bajito, que ella ya no está allí y que la extraña.

“Se nos fue” – confirma su abuela. “Últimamente se desesperaba mucho y se iba por ahí, sola. Pensamos que se había vuelto loca y había olvidado cómo regresar a casa.”

A Mónica Donis ya no le quedan más lágrimas por derramar. Mindi hacía poco que había regresado de México, donde habían logrado reconstruirle parcialmente el rostro, cuando el pasado 17 de diciembre dejó, repentinamente, de contestar el teléfono.

Durante el mes siguiente su familia no descansó ni un segundo. Primero fueron a buscarla en las cercanías, preguntando a parientes y amigos; después empezaron a rastrearla en la capital, cuadra por cuadra, un día tras otro, sin éxito.

Agotadas las opciones, tuvieron que enfrentarse con su mayor temor en la morgue. Allí, Donis la reconoció al instante, tan pronto le enseñaron un álbum con fotografías. Su hija, que había sobrevivido a un brutal ataque y a varios intentos de suicidio, no había escapado esta vez. Estaba muerta.

Según el informe policial, el cuerpo se encontró junto con el de otra mujer, cerca del Cerrito del Carmen, en la zona 1 capitalina, el sábado 18 de diciembre. Ambas habían sido estranguladas por causas no determinadas.

Por el lugar y al no encontrarse documentos que la identificaran, “los investigadores” dedujeron que eran prostitutas y, sin más indagaciones, Rodas fue enterrada como “desconocida” en una fosa común del cementerio “La Verbena”.

Lejos de lo que cabría esperar, Guatemala no se estremeció aquel día. Hechos como éstos se han convertido en parte de la cotidianeidad de un país de tan solo 14 millones de habitantes, en el que se registran una media de 10 a 12 crímenes por jornada.

Según reporta el Instituto Nacional de Ciencias Forenses (Inacif) solo en lo que va de 2011, un centenar de mujeres han sido asesinadas. Después de México, se trata ésta de la nación con los índices de femicidio más altos de toda América Latina, en cifras que son superiores incluso a las de Ciudad Juárez.

El área de la capital es, junto con las provincias de Quetzaltenango, Chiquimula, Petén y Jutiapa la que entraña mayores riesgos, según la Coordinadora Nacional para la Prevención de la Violencia Familiar y contra las Mujeres (CONAPREVI).

Y el número de casos no ha dejado de incrementarse en los últimos diez años. Entre 2000 y 2010 más de 5 mil 200 guatemaltecas perecieron baleadas o asfixiadas, tiradas como desechos en cualquier esquina. La mayoría, tenía entre 17 y 35 años, con uno o más hijos a su cargo. Muchas, víctimas de la violencia intrafamiliar; otras, violadas.

Pero entre todas, una de las cifras más escalofriante es, sin duda, la de la impunidad. Pese a que en 2008 se creó en Guatemala una ley específica contra el femicidio y otras formas de violencia contra la mujer, se estima que el 98% de estos crímenes queda sin respuesta.

En el caso de Mindi Rodas, su ex marido Esteban López, permanece preso en la cárcel de “El Boquerón” desde que hace dos años intentara matarla y, aunque ella ya no esté, se espera que el próximo 16 de junio inicie el juicio en su contra.

Como querellante adhesivo, Fundación Sobrevivientes es quien ha solicitado la exhumación del cuerpo, con el fin de avanzar en la investigación y poder confirmar si existe o no vinculación con los hechos ocurridos en 2009. Dos meses después de esta solicitud, sin embargo, todavía no hay una fecha definida para ello.

Para la familia Rodas Donis saber quien terminó con la vida de su hija y que se haga justicia es lo último que les queda. Sin embargo, admiten, el temor a que la desgracia salpique su hogar de nuevo los está consumiendo. Con pena, Mónica Donis, termina la conversación confesando:“estamos, literalmente, paralizados por el miedo”.

Estiven, de 5 años, no comprende porque

sus padres ya no están a su lado (foto: Nuestro Diario)


Fuente: http://periodismohumano.com/mujer/el-rostro-de-la-violencia.html


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