La pesadilla argelina de Asunción

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  • Una mujer sevillana recorre cada fin de semana cerca de mil kilómetros en Argelia para ver a los tres hijos que se llevó ilegalmente su exmarido

Ignacio Cembrero Madrid 3 NOV 2013 - 22:47 CET

El pasado fin de semana tampoco lo consiguió. Asunción Salas Dual se recorrió los 500 kilómetros que separan Argel del pueblo de Ain Trab, en el este de Argelia. Se presentó allí, ante la puerta de la casa de su exmarido, Hocine Mabrouk, pero no pudo ver a ninguno de sus tres hijos.

El anterior fin de semana, el viernes 25 de octubre, esta madre sevillana de 32 años tuvo algo más de suerte. “Los niños pudieron salir al porche unos diez minutos y allí nos abrazamos con todas nuestras fuerzas”, recuerda Salas, por teléfono, desde el taxi colectivo que la traslada a Constantina, la gran ciudad del este de Argelia donde se hospeda cuando intenta visitar a sus hijos.

“La última vez que les abracé, los niños me hicieron prometer entre sollozos que volvería a verles el siguiente fin de semana”, prosigue. “Como si yo fallase alguna vez a la cita semanal, aunque a veces ni les veo y solo cosecho insultos y algún que otro golpe”, añade. “No han olvidado el español”, pese a los tres años de separación, recalca orgullosa, “aunque Rayhan, la pequeña, ahora contesta en árabe a las preguntas que le hago”. “Este calvario es muy duro”, insiste con la voz quebrada. “Es una pesadilla interminable”.

Asunción Salas lleva tres años luchando para poder ver con regularidad a Samara, de 15 años, a Salahdin, de 12, y a Rayhan, de 10 años. Desde junio tiene una sentencia de divorcio en Argelia, pronunciada por una juez, que otorga la custodia al padre, pero que le obliga a entregarle a sus hijos el fin de semana argelino —desde el viernes por la mañana hasta el sábado por la tarde— y también la mitad de las vacaciones escolares. “No se cumple”, se queja Salas amargamente.

El exmarido no contestó a las llamadas de EL PAÍS, pero ante el abogado de Salas, Djebbari Mehdi, justificó su rechazo a cumplir la sentencia judicial por el miedo a que la madre se marchase a España con los hijos. Propuso que los pudiera ver semanalmente solo en casa de su madre, en el pueblo donde reside.

La historia de Salas es una de tantas de esas mujeres europeas que se casaron con hombres musulmanes aparentemente tolerantes y liberales, pero que, con el transcurso del tiempo —sobre todo cuando regresan a sus países de origen—, dejaron aflorar su educación ultraconservadora y machista.

Cuando aún era una adolescente de 17 años, Salas se fue a Londres a estudiar inglés y allí conoció a Mabrouk, del que se enamoró. “Al principio fuimos muy felices”, recuerda. No tardó en quedarse embarazada. La pareja se casó rápidamente, sin ni siquiera invitar a la familia de la novia.

En 2008 “empezaron los malos tratos", prosigue Salas, “pero la gota que hizo desbordar el vaso de mi paciencia fueron los palos que dio a Samara”, la mayor. “Tomé entonces la decisión de separarme y empecé, en mayo de 2009, por ingresar con los niños en un hogar para mujeres maltratadas”, rememora.

El tribunal del condado de Brentford le concedió a Salas el divorcio y la custodia de los tres pequeños, y hasta prohibió al padre llevarlos fuera de Reino Unido. El 10 de marzo de 2010 Mabrouk acudió a recogerlos con el pretexto de llevarles a la piscina, pero les sacó del país rumbo a Argel. “¿Cómo es posible que le hayan dejado pasar por el aeropuerto con los niños con esta sentencia?”, se indigna Salas.

Aunque en agosto de ese año el Tribunal Superior de Justicia de Londres ordenó la vuelta de los tres hijos —que son británicos, españoles y argelinos— a Reino Unido, Asunción Salas ya había comprendido que la única manera de verles —no ya de recuperarles— era trasladarse a Argelia. “Y ya llevo tres años en este país. Primero tramitando la residencia, que me costó mucho obtener, y después buscando trabajo para poder seguir viviendo legalmente y tener algunos ingresos”, afirma desde el taxi.

“Enseño inglés en una guardería de Argel, hago de intérprete en alguna feria industrial para ir tirando y, de paso, he aprendido el árabe dialectal que se habla aquí”, asegura. Los fines de semana pone rumbo en un taxi colectivo a Constantina, ahí toma otro a Oued Zenati y, por último, un tercero hasta el pueblo de Ain Trab.

Acude hasta allí no solo para ver a los niños, sino porque ha solicitado en el juzgado de Oued Zenati que se cumpla el veredicto argelino que le da derecho a pasar con ellos el fin de semana. “El juez me ha dicho que bastará con que un alguacil de juzgado testifique que me presenté al menos dos veces en la casa y no me los entregó, para que él dicte una sentencia ordenando que se cumpla mi derecho de visita”, indica Salas.

“He conseguido que una vez me acompañe un alguacil —pagándole la tarifa estipulada—, pero para levantar acta una segunda vez, la vez definitiva, ya no le encuentro a él ni a ningún otro”, se lamenta Salas. “Es como si se en este pueblo se hubiesen coaligado contra mí”.

Fuente: El País.

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