Los museos las prefieren monas

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Póster de Guerrilla Girls para denunciar la exclusión de las artistas en las secciones de arte moderno del Metropolitan Museum de Nueva York. 

  • Explotadas como tema artístico, las mujeres siguen arrinconadas como creadoras en colecciones, exposiciones y compras de los centros de arte contemporáneo

Tereixa Constenla Madrid 1 DIC 2013 - 19:11 CET


Monas. Madonas. Sumisas. Recatadas. O desnudas. Provocativas. Fatales. El imaginario femenino en los museos oscila entre ambos extremos. En el arco entre estos estereotipos hay cabida para muchos otros. La mujer, como objeto artístico, abarrota las colecciones de los museos que, sin embargo, la ningunean como autora. En los años ochenta, un grupo de artistas de Nueva York sacó la marginación a la luz con humor, imaginación y rigor. Enfadadas con la genética discriminatoria del sistema, una decena de creadoras pasó a la acción y a la clandestinidad bajo el nombre de Guerrilla Girls. Se parapetaron tras máscaras de gorila e identidades de artistas fallecidas y se armaron de estadísticas. Unos sencillos cálculos bastaron para demostrar las obstrucciones: en el arte no había lugar apenas para mujeres (ni negros).

Para denunciarlo, entre otras acciones, pasearon autobuses con un gigantesco póster amarillo que enrojeció a los responsables del Metropolitan. ¿Tienen que desnudarse las mujeres para acceder al Met?, se interpelaba la odalisca de Ingres junto a dos cifras: las mujeres eran las protagonistas del 85% de los desnudos y las autoras del 5% de las obras.

“Si el arte no tiene sexo, sin embargo, el sistema del arte sí ha estado —y sigue estando— marcado estructuralmente por un sexismo que ha discriminado —en general, sigue discriminando— el talento de las mujeres que trabajan en arte, entorpeciendo su contribución a la excelencia artística y excluyendo del criterio de ‘calidad’ parámetros considerados tradicionalmente femeninos”, reflexionó Rocío de la Villa, profesora de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad Autónoma de Madrid, en el catálogo de la exposición Heroínas, con la que el Museo Thyssen-Bornemisza rendía tributo a mujeres fuertes, activas, independientes y triunfadoras en la historia del arte.




Los datos no lo son todo, pero están para algo. Delimitan la realidad. Dan las coordenadas neutras de fenómenos y tendencias. “Lo que se mide, se hace”, proclama la asociación Mujeres en las Artes Visuales (MAV), que aúna desde 2009 a creadoras, galeristas, investigadoras, profesoras, conservadoras y críticas hartas de tropezar por doquier contra el muro de la discriminación. Al igual que las Guerrilla Girls, atacan con estadísticas (ahí va un ejemplo: las mujeres solo protagonizaron el 20,5% —baja al 10% si se contabilizan españolas— de las 973 exposiciones individuales organizadas durante una década por 22 centros de arte en España) y, a veces, con acciones. 
 
“El techo de cristal y el suelo pegajoso siguen ahí. Las reticencias siguen siendo las mismas”, sostiene la presidenta de MAV y profesora titular de Educación Visual de la Universidad Complutense, Marián López Fernández-Cao. Sus radiografías desvelan un mundillo refractario a las propuestas artísticas firmadas por mujeres. Miren donde miren (se recomienda un paseo por la infografía de la siguiente página). Apunten: ninguna española ha ganado el Velázquez de Artes Plásticas (ni sus 125.000 euros) desde que se creó en 2002 (solo una mujer, la escultora colombiana Doris Salcedo, lo recibió en 2010), el promedio de creadoras en Arco es del 25% (baja a menos del 10% si se cuentan a las españolas) y en las colecciones permanentes de los museos de arte contemporáneo figuran un 13% de artistas españolas.

Se compra, se expone y se programa menos obra de mujeres. Además de resultarles desolador, las afectadas creen que atenta contra el artículo 26 de la Ley de Igualdad, que pide a los organismos públicos “acciones positivas necesarias para corregir las situaciones de desigualdad en la producción y creación intelectual artística y cultural de las mujeres”.

Para recordarlo, MAV escribió en 2012 a los museos públicos mensajes semejantes: “Su institución está fuera de la ley” y trasladó 14 quejas a la Defensora del Pueblo sobre incumplimientos. “Si lo vemos incluso desde un punto de vista económico, el Estado está malgastando el dinero porque son las mujeres las que predominan en las carreras de Bellas Artes y luego muchas acaban desistiendo por la falta de oportunidades”, recrimina Marián López. Las mujeres son el 65% de titulados en Bellas Artes y el 74% en Historia del Arte.

Casi ningún gestor cultural escurre el bulto. Casi todos reconocen que las mujeres están infrarrepresentadas. También casi todos, excepto el director del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, Juan Antonio Álvarez Reyes, suavizan la trascendencia de los datos y ponen el acento en las narrativas feministas presentes o futuras de sus centros. “Como hemos empezado tarde, las colecciones de arte contemporáneo en España tienen poco desarrollo y son todavía muy masculinas. Pero más relevante que el sexo del autor es que las obras puedan hablar de valores diferentes a los masculinos”, sostiene Bartomeu Marí, director del MACBA. Para 2014 se reordenará la colección. El universo dejará de ser androcéntrico: “Pretendemos descolonizar el museo, romper con esa visión de hombre, blanco y heterosexual”.

En cierto sentido es el camino recorrido ya por el Reina Sofía, mascarón de proa de la contemporaneidad artística, que rediseñó su colección e incorporó el feminismo tanto a su narrativa como a las actividades formativas y de investigación. Se ha roto con la organización convencional de la presentación de obras de genios (masculinos) y se ha buscado una narración histórica y cultural para contextualizar las obras. Desde 2008 sus adquisiciones han sido paritarias (46% mujeres y 54% hombres), pero las cifras de su colección permanente arrastran un notable desequilibrio. “Por supuesto que faltan”, concede su director, Manuel Borja-Villel, “se han ido haciendo cosas, pero falta mucho. Aunque las cifras no lo son todo. En los museos, que responden a estructuras de poder que tradicionalmente son patriarcales, nos enfocamos mucho hacia las cuotas, pero no deberíamos caer en políticas autoritarias. Tiene que haber igualdad de oportunidades, pero no de resultados”.

Tanto Borja-Villel como Marí refuerzan la importancia del discurso alternativo, que apoyan sobre el feminismo de la diferencia —en contraposición con la paridad y el feminismo de la igualdad—. En su línea se pronuncia Miguel von Hafe, director del Centro Galego de Arte Contemporánea (CGAC): “Es evidente que la presencia de mujeres ha sido minorada a lo largo siglo XX, también por razones sociales. Pero la cuestión del género no es estrictamente artística. Si hay un artista que trabaja cuestiones nacionales o feministas es interesante por su trabajo, pero no se debería valorarle por su nacionalidad o ser mujer. A veces se confunde el arte practicado por mujeres con el arte feminista. Cinco mujeres haciendo flores no hacen arte feminista”.

Ninguno de los tres defienden la correlación pareja entre mujeres y hombres en sus colecciones. “Es que los números cantan, y es necesario mirarlos”, contrapone Juan Antonio Álvarez Reyes, director del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC), único museo que trabaja con criterios de estricta paridad en programación y compras desde 2010. “Incluso así tendríamos que estar 20 años comprando obra de mujeres para compensar el desequilibrio. No se puede cambiar el pasado, pero sí el presente y el futuro. Los directores y programadores tenemos una responsabilidad y tenemos que ejercerla”, señala.

Estrella de Diego, catedrática de Historia del Arte en la Universidad Autónoma de Madrid y crítica de arte, avisaba en un artículo publicado en la revista Exitbook sobre la pirueta española: “Tal vez hemos pasado directamente a la posmodernidad sin haber hecho la modernidad”. Ella fue la autora de la primera investigación académica sobre artistas (La mujer y la pintura en el XIX español. Cuatrocientas olvidadas y algunas más, publicado en 1987 por Cátedra) y sigue observando grandes lagunas: “Hay algo disfuncional en el Estado español. Frente a lo que ha pasado en otros países de nuestro ámbito, esa primera y elemental fase de reconstruir la historia, recuperar a las artistas y las imágenes locales, no se ha llevado nunca a cabo de manera sistemática”.

Las mujeres siempre han hecho arte. Con o sin trabas. Las historiadoras feministas se han encargado de rescatar a las olvidadas. Algunas han llegado a los museos siglos después de su muerte. “¿Por qué es un problema moderno de tal magnitud el sexismo en la historiografía del arte?”, se pregunta a menudo Griselda Pollock, directora del Centro de Análisis, Teoría e Historia Cultural de la Universidad de Leeds, crítica de arte e historiadora. El mundo que retratan los museos no es insustancial, en opinión de Marián López: “El museo tiene una huella civilizatoria y educativa que no puede eludir. Cuando mis hijos entran se dan cuenta de que los hombres son absolutamente necesarios y las niñas son contingentes”.
Fuente: El País.

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