Las heridas del ácido

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  • La intención no es matar sino humillar.
  • Las disputas económicas y el rechazo a las relaciones sentimentales suelen ser las mayores causas de los ataques con ácido en Asia.
  • Siete de cada diez víctimas son mujeres.

Zigor Aldama Dacca 17 MAR 2014 - 19:41 CET


“Ya verás cómo algún día me casaré contigo”. Una vez más, Nahar Nurun no dio mayor importancia a las palabras del chico que la acosaba desde hacía tiempo. Ella tenía 15 años y ninguna intención de agradar a su molesto pretendiente. Así que, como siempre, puso los ojos en blanco, se dio media vuelta, y se marchó. Poco después, una calurosa noche de julio, 11 hombres entraron en su casa tratando de fingir un atraco. Su verdadero objetivo era Nurun. “Entraron en mi habitación y uno de ellos me echó líquido a la cara. Creí que era gasolina y que me querían prender fuego, pero pronto me empezó a quemar la piel y comprendí que era ácido”. Después descubriría que los atacantes eran familiares del joven que la perseguía, y que destrozarle la cara era su forma de enviarle un mensaje: si no quieres ser para mí, no serás para nadie. Desde ese día, su vida nunca ha vuelto a ser la misma.

Sus padres buscaron ayuda fuera del pequeño pueblo en el que vivían, a unos 100 kilómetros de la capital de Bangladesh, y Nurun fue ingresada en un pequeño hospital cercano. “Tres días después, los médicos decidieron que no podían tratarme apropiadamente y decidieron trasladarme a Dacca”, recuerda en el apartamento que ahora alquila en esa ciudad. En la capital tardó ocho meses en recuperarse. Y tuvo mucha suerte, porque la ex directora de la ONG Action Aid –hermana de la española Ayuda en Acción– la conoció allí y le ofreció viajar a Valencia para realizar injertos de piel y mejorar su apariencia. A pesar de ello, cuando sale a la calle los niños todavía la llaman monstruo y la gente cambia de acera.

Por eso, después de regresar a Bangladesh, decidió acabar sus estudios y dedicar su vida a quienes han sufrido una desgracia similar. “El objetivo de un ataque con ácido no es matar, sino abocar a la víctima al suicidio. Por eso, yo trato de explicarles que no deben perder la esperanza, que la vida no se ha acabado, y que hay que luchar para que los culpables paguen por lo que han hecho”. No es fácil, pero tampoco imposible. “Generalmente, y aunque parezca contradictorio, quienes llevan a cabo los ataques pertenecen a la élite de la sociedad. Tienen contactos y dinero suficiente como para sobornar a testigos o, incluso, a la policía y a los jueces”, explica Nurun. En su caso, no obstante, cinco de los atacantes fueron condenados a cadena perpetua y dos más esperan ejecución.

Para que el éxito judicial de Nurun no sea un caso aislado, en 2006 Ayuda en Acción creó una red en la que participan más de 260 supervivientes de este tipo de violencia. El grupo lucha por la correcta implementación de las leyes y, a través de organizaciones locales, ayuda y asesora a las nuevas víctimas. Su trabajo se nota. El número de ataques con ácido disminuye continuamente en Bangladesh: en la primera década del siglo XXI dejaron 3.100 heridos, pero en 2010 comenzó el descenso más acusado con 154; dos años después fueron 98, y el año pasado se registraron 85, el menor número desde que se comenzaron a elaborar las estadísticas. No obstante, todavía menos del 20% de los criminales acaban entre rejas.

Asia Khatun sabe que para los pobres la justicia no es la misma: "Porque los ricos la compran”. Es lo que sucedió en su caso. Los vecinos que se habían encaprichado de su terreno no se tomaron bien la negativa de su marido a vender las propiedades de la familia. Tanto que decidieron tomarla por la fuerza. En 2002, el año que más víctimas hubo por este tipo de ataques, un sicario se presentó en la pequeña casa de adobe con un bote de ácido nítrico. Lo habría vaciado en la cara del marido si no fuera porque Asia se interpuso y fue su espalda la que se abrasó hasta quedar en carne viva. “Algunas gotas me entraron en los ojos y por eso he perdido gran parte de la visión”, comenta. Pero el ataque no fue suficiente para doblegar a la familia, así que los vecinos tuvieron que quemar la casa en la que residía Khatun para conseguir que huyeran y hacerse con el terreno. “Tuvimos que escapar porque la policía no nos protegió”.

Y la Justicia también les dio la espalda. Su caso fue sobreseído por falta de pruebas hasta que el periódico local First Light decidió lanzar una campaña para ayudar a la familia. La presión que ejerció la prensa, sumada a la de la asociación SHARP, que le proporcionó un abogado a Khatun, lograron encarcelar al agresor. “Condenaron al autor material del crimen a siete años de cárcel, pero la familia que lo contrató no ha sido castigada”. No obstante, si bien Khatun desconfía del sistema judicial bengalí, sí que tiene esperanza en que Alá haga justicia. “Para empezar, quien nos lanzó el ácido ya se ha quedado paralítico en la cárcel”, reflexiona.

Menos suerte ha tenido Monoara. De hecho, su vida es una sucesión de dramas en los que siempre sufre ella. Hace una década murió su primer marido, que la dejó con tres hijos y una hija. En 2010 comenzó a ser acosada por un hombre que quería contraer matrimonio con ella a pesar de ser viuda, todo un escollo para las mujeres en Bangladesh. Monoara rechazó la relación, pero un día él abusó sexualmente de ella y el comité vecinal que revisó el caso, y que suele estar liderado por los ancianos del lugar, les obligó a casarse. La familia de él nunca aceptó la relación y trató por todos los medios de romperla. No lo consiguió con la ley en la mano, así que buscó otra vía. Una mañana, cuando Monoara se levantó para el rezo previo al amanecer, el hermano de su marido se le acercó. “Cuando estaba haciendo mis abluciones, me tiró ácido por detrás”, recuerda la mujer.

Las heridas en su espalda todavía le duelen. A pesar de las operaciones que le han practicado, un fuerte escozor la acompaña a diario. Pero mucho peor es el dolor psicológico. “Mientras estaba ingresada en el hospital, mi marido vino para decirme que iba a pedir el divorcio, porque no podía estar casado con una mujer deforme como había quedado yo”. Y se fue. La denuncia que interpuso contra su agresor, además, no prosperó. “Me dijeron que había sobornado a unos policías y al juez, y todos determinaron que, como estaba oscuro, no era posible que pudiese identificar al delincuente con claridad”. Ahora, sus hijas también la han abandonado, “avergonzadas de su madre”, y vive gracias a lo que le envía su descendiente varón.

Aunque muchos consideran que los ataques con ácido son sólo un elemento más de la violencia machista, esa es una simplificación excesiva. Las razones se esconden en el complejo engranaje que mueve a las sociedades del subcontinente indio y de Asia Central –donde se registran la mayoría de los casos–, y tienen muchos matices. Sin duda, las mujeres son las más afectadas, sufren siete de cada diez ataques, pero, según datos de la Fundación de Supervivientes del Ácido, más de un tercio de los ataques están motivados únicamente por cuestiones económicas. Y ese es el porcentaje que más crece. “Se ataca a las mujeres porque son el eslabón más débil de la sociedad, el objetivo más fácil incluso para castigar a los hombres”, explica Shirin Akter, una activista social bengalí que ha trabajado varios años con supervivientes de este tipo de ataques.

No obstante, en el caso de ellas, el segundo motivo que más aducen los criminales que las atacan tiene que ver con el rechazo sentimental o sexual (en torno al 15%), seguido de disputas en el matrimonio (un 12%), y de peleas por la dote (9%). “Lo más preocupante es que el rechazo a mantener relaciones sexuales o a casarse es el principal motivo de agresión en los casos en los que las víctimas son niñas”, apunta Monira Rahman, responsable de la fundación. Quince menores de 12 años fueron atacadas con ácido por esta causa el año pasado.

¿Pero qué lleva a una sociedad a comportarse de forma tan cruel con los más indefensos? “La pobreza y la falta de educación son factores clave”, sentencia el profesor Mohammad Musq, presidente del Comité de la Coalición de la Sociedad Civil de Sirajgang. No todos están de acuerdo: “La posición de la mujer, que es más vulnerable, no tiene voz, vive a merced del hombre, y por ello es presa fácil para la tortura y la opresión, es clave en este asunto. Desde pequeñas se les enseña que a los hombres no hay que llevarles la contraria. Por eso, cuando muchas son agredidas por sus maridos, con ácido o sin él, callan”, discrepa Hosne Ana Joly, directora ejecutiva del Programa para el Desarrollo de la Mujer, en una reunión celebrada por el Comité con motivo de este reportaje. “Y está también la falta de un poder judicial que haga su trabajo, algo que va íntimamente ligado a la corrupción y al clima político que sufre el país”, añade el periodista local Helal Ahmed.

La pregunta de si el Islam influye en los ataques con ácido provoca un agitado debate entre los expertos que ha reunido EL PAÍS. “¡Para nada!”, se enfurece Musq. “No hay una sola línea en el Corán o en la Sharia que permita o incite a esta conducta”. No obstante, confrontado con el hecho de que los ataques se dan sobre todo en países musulmanes, Helal analiza el comportamiento de los fieles que profesan el Islam en Bangladesh: “Es cierto que somos más celosos por naturaleza, y que eso puede desencadenar violencia. La combinación de Islam y pobreza es peligrosa”, reconoce provocando un tumulto entre los participantes del debate.

“El Corán dice lo que la mujer tiene que hacer. Ha de estar apartada y quedarse en casa. Pero la realidad es que ahora está tratando de educarse y de trabajar para ser independiente del hombre”, añade Doulad Sm, un activista social pro derechos civiles. “Eso ha provocado un conflicto con los hombres. Hay más libertad en los medios de comunicación, más apariencia de libertad, porque la sociedad no ha cambiado tanto. Por eso, un hombre cree que ahora es más fácil acostarse con una mujer, pero, si no lo consigue, utilizará la violencia de siempre para lograrlo”.

“Ese es un problema ligado a la falta de educación, que no se puede atribuir a una religión”, insiste Musq. “Iría mucho mejor la sociedad si más jóvenes, que son los principales agresores, se educasen en las madrasas –un 10% estudia actualmente en las escuelas coránicas de Bangladesh– y no con el sistema británico”, afirma. “Muchos agresores ni siquiera son conscientes de que es ilegal rociar a alguien con ácido. Y las víctimas no conocen sus derechos. Pero nada de esto tiene que ver con el Islam”. Para muchos de los reunidos, esta falta de formación, sumada a la pobreza y la ambición por lograr el estilo de vida que promueven los medios de comunicación es la raíz de un problema con muchas ramas. “Por ejemplo, ahora parece que es una moda hacerse rico robando el terreno de otros, y eso provoca muchos ataques”, apunta Helal.

¿Y por qué ácido? La razón es simple: es muy barato y se puede encontrar fácilmente, ya que se utiliza en la industria del textil para dar color a la tela y en baterías de coche. Aunque el Ejecutivo de Bangladesh aprobó la Ley de Control del Ácido para evitar que se pueda adquirir con fines delictivos, este periodista ha podido comprobar que no se aplica. Sólo hacen falta 20 takas (unos 25 céntimos de euro) para comprar un cazo en cualquiera de las miles de pequeñas fábricas que salpican los alrededores de los pueblos. Y con eso es más que suficiente para satisfacer una venganza de crueldad inusitada. Porque en la mayoría de los casos lo que se provoca es un estigma y una humillación que duran toda la vida. Es una marca que muchos asocian erróneamente al adulterio. “Además, el dolor es terrible”, añade Akter. “La mayoría de las víctimas sufren discapacidad y nunca se recuperan del todo. Las mujeres jóvenes, por su parte, viven un rechazo continuo”.

Es el caso de Mossamat Rahima. Ahora tiene 24 años y lleva seis casada, pero no fue fácil encontrar un hombre que la aceptase. Porque, cuando tenía cuatro años sufrió un ataque que iba dirigido a su madre, Mamatal Mahal, y que terminó hiriéndola a ella y a sus dos hermanos. La menor tenía entonces sólo año y medio. “Estábamos durmiendo y mi cuñado –con quien tenían una disputa familiar y económica– nos tiró el ácido por la ventana de la habitación”, recuerda Mahal, que perdió un ojo y sufre quemaduras graves en la cabeza y en la espalda, sentada sobre la misma cama en la que fueron atacados.

Los gastos médicos arruinaron a la familia, cuyo estatus ha pasado de “vivir bien” a ser incapaces de pagar la dote necesaria para casar a la pequeña. “Tiene ya 20 años y con sus heridas nadie la aceptará si no ofrecemos al menos 80.000 takas (unos 820 euros) a la familia del marido”, asegura la madre. La calidad humana del hombre ya no importa, y su edad tampoco. A Rahima la cedieron en matrimonio a un amigo de la familia que supera en 21 años su edad. Y gracias. “Tengo que deshacerme de ellas o no tendrán ningún futuro”, explica la madre enterrando sus ojos con las manos. “Y todo por el ácido”.

Fuente: El País.

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