¿Es compatible el Islam con la igualdad de la mujer?

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Joven iraní con el pelo descubierto, en Urmia (Irán). Fotografía, por Ferran Barber (todos los derechos reservados).

Barcelona | Diásporas / Público.

“¿Es compatible el Islam con la igualdad de género?”, preguntaba ayer Diásporas a sus lectores en un sondeo de opinión abierto hasta el lunes próximo. Esta escurridiza cuestión, a menudo tabú, resulta apasionante, dado que todos los países árabes, a excepción de Túnez, otorgan a la Sharia o Ley Islámica un papel más o menos significativo en su ordenamiento jurídico. En última instancia, el asunto no es sólo si el Islam es compatible con la igualdad de la mujer. Lo que en el fondo se debate es si la aplicación estricta del Corán es compatible con los valores laicos de las democracias occidentales. Los lectores de Diásporas que deseen opinar pueden emitir su voto a través de la herramienta de sondeo que aparece en la portada de nuestra web.

Por poner un ejemplo, el ordenamiento legal iraní contempla penas diferentes en función de la religión o del género de la persona que ha cometido el delito. La pregunta que se plantea es si ese sistema jurídico es el resultado de una rigurosa y justa aplicación de la Sharia o, por el contrario, es la consecuencia de una interpretación concreta (y masculina) de la Ley Islámica. Incluso las propias mujeres de los países musulmanes se encuentran divididas en torno a esta controversia. Mientras las secciones árabes de Femen afirman categóricamente que el Islam es incompatible con la igualdad de género, un sector significativo de feministas islámicas acusan a los hombres de haber sesgado en su beneficio el mensaje del profeta.

Entender las razones por las que la aplicación estricta de la Sharia es o no compatible con el modelo occidental de democracia nos obliga, de entrada, a recordar las circunstancias en las que el Corán fue revelado a Mahoma y la significación y alcance de las enseñanzas que contiene. En primer lugar, a diferencia de la Biblia, el Corán es considerado por los musulmanes como un dictado sobrenatural recogido por un profeta con la mediación del arcángel Gabriel. El Corán no expresa la voluntad de Dios de acuerdo a la transcripción más o menos ajustada que llevaron a cabo en épocas diversas un grupo de humanos; es la palabra de Dios misma.

La única versión oficial de ese texto sagrado universalmente aceptada fue redactada en 652, durante el gobierno del califa Otmán, con arreglo a las revelaciones recibidas y transmitidas por Mahoma, quien había fallecido veinte años antes. La obra consta de 6.226 versículos agrupados en 114 suras o capítulos. En palabras del escritor Eric Santoni, «los fieles de esa religión contemplan la historia del mundo, las relaciones de los hombres con Dios y entre ellos mismos a través de ese libro sagrado».

En segundo lugar, el Corán no es tan sólo para los musulmanes una referencia religiosa. Contiene, además, un código de vida revelado. No sólo dice a sus creyentes en qué deben creer, sino que además prescribe qué deben hacer.

El Islam aspira a regular todos los aspectos de la existencia individual de las personas y el Corán se reveló en su día insuficiente para dar respuesta a las cuestiones que comenzaron a plantearse tras la muerte del profeta. Para resolver ese problema, comenzaron a recuperarse los dichos de Mahoma no contenidos en la revelación (Hadiz), además de sus conductas y actitudes ante situaciones semejantes (la Sunna). La Sunna vino a llenar todos los huecos que no cubría el libro sagrado y se convirtió, a la postre, en el segundo pilar de la jurisprudencia. Y así hasta el día de hoy.

Así pues, el objetivo último de cualquier musulmán es el establecimiento de la ley coránica que rige tanto los vínculos entre los hombres y Dios como entre ellos mismos. En el Islam no hay iglesia, ni sacerdotes, ni jerarquías a la manera cristiana; sólo existe una comunidad o umma que a veces tiende a confundirse con el propio estado.

Por el mismo motivo, entre los musulmanes no puede ni debe haber conflictos entre los asuntos temporales y los espirituales. De hecho, como sostiene el estudioso Louis Gardel, los musulmanes no pretenden distinguir entre lo temporal y lo espiritual, «sino adecuar lo secular a los fundamentos de las normas divinas».

En tal caso, ¿se puede bendecir un trato jurídico y social diferente en función del género o la religión del ciudadano sin dejar de ser un buen musulmán? Las feministas de organizaciones como Femen consideran que sí. En su opinión, el Corán es difícilmente compatible con los valores laicos de las democracias occidentales dado que, en tanto que palabra de Dios, no puede ni debe estar sujeto a interpretaciones ni a negociaciones con el fin de adaptarlo a los valores "cuasi universales" de los europeos.

Por el contrario, la iraní Shirín Ebadi, premio Nobel de la Paz, considera que el problema no se halla en la religión, sino en las interpretaciones que han hecho los varones. Esta iraní sostiene que la discriminación de las mujeres es producto de la costumbre y «de una cultura patriarcal secular». De idéntica opinión son las feministas islámicas de la organización Mushawar, para quien sí es posible luchar por los derechos básicos de las mujeres sin volver la espalda a Alá.

En el mismo sentido, la musulmana hispano-francesa Natalia Andújar recuerda que existen ulemas disidentes que interpretan los preceptos islámicos de un modo mucho más heterodoxo y cercano a los derechos humanos modernos. Andújar señala a este respecto que todos estos doctores de la ley "coinciden en que ‘hiyab’ aparece ocho veces en el Corán, y que en ninguna de ellas se hace referencia al pañuelo para cubrirse el pelo, sino que se le otorga un sentido de ‘cortina’”. Es decir, en ningún lugar del Corán se especifica de forma explícita e imperativa que las mujeres deban cubrirse el cabello. Recientemente, Sheik Zaki Badawi emitió una fatwa (o pronunciamiento legal) en la que dispensaba de ocultarse el pelo a las musulmanas de Gran Bretaña para evitar que fueran víctimas de agresiones.

Por último, si en algo coinciden todas las feministas, es en que la posibilidad de que las mujeres elijan si cubren o no su cabello es sólo una variable (y no la más importante) a la hora de determinar la situación de la mujer en los países que se rigen por la Sharia. Lo importante, en todo caso, es que sirve para evaluar si el Islam brinda o no margen de maniobra. A la postre, queda por determinar también qué preceptos son de ineludible cumplimiento y cuáles son la consecuencia de una tradición secular hecha a la medida de los hombres. Obviamente, el Corán no dice nada acerca de si las mujeres deben conducir o no vehículos. Pero en él se ha resguardado la paleodinastía saudí para justificar esa y otras prohibiciones.

Los lectores de este suplemento que quieran dar su opinión sobre este asunto pueden hacerlo a través de la herramienta de votación situada en la portada de Diásporas (en la parte superior de la columna derecha). Transcurridas veinticuatro horas desde que se abrió la votación, más de un 70 por ciento de los lectores que se han pronunciado creen que Islam e igualdad de género no son compatibles.
 
 
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