Qué hacer en caso de acoso

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Acoso 
Niños finlandeses en un programa contra el acoso infantil. (UNIVERSIDAD DE TURKU)

Tengo que confesarlo: tengo miedo. Se ha despertado de nuevo ese miedo a raíz del caso de Diego, que conocí la semana pasada cuando se hizo pública la desgarradora carta que escribió a sus padres antes de quitarse la vida porque ya no podía soportar más el acoso que sufría en el colegio. Me aterra que cualquiera de mis hijos sea víctima de acosadores y me aterra igualmente, casi más, que cualquiera de ellos se ponga al otro lado y se convierta en acosador. Que experimenten o inflijan a otro el sufrimiento que Diego no pudo soportar, ni el colegio o los padres detectar. Las burlas, los insultos, las amenazas, los chantajes, quizá los golpes, aunque me da que no son lo peor, los golpes se quitan, las heridas físicas se curan, a lo mejor las otras no, tardan más en cerrar, pueden ser indelebles, igual no se curan nunca.

Puedo imaginar el dolor de Diego y el de otros muchos que lo sufren o han sufrido. De hecho, según la Organización Mundial de la Salud, cerca de una cuarta parte de los niños españoles, unos dos millones, han sufrido o sufren acoso escolar. De ellos, entre un 5 y un 10%, sufren acoso de alta intensidad. No sé qué nos pasa para que se dé tanto, en qué fallamos como sociedad, qué estamos enseñando a nuestros hijos, yo el primero. Tanto si no sabemos detectarlo, si no sabemos inculcar en nuestros hijos la confianza para que nos cuenten lo que les ocurre como si no hemos sido capaces de inculcarles cierta empatía para que no hagan a los demás lo que no quisieran sufrir.

En cualquier caso, me parece que en ambos casos lo más difícil es detectar las señales, tanto las que indican que nuestro hijo está siendo víctima o como las que nos dicen que está siendo verdugo. Y como lego en la materia, he pedido ayuda a Beatriz Cazurro, que es una psicóloga que ha trabajado con niños y adolescentes en situación de riesgo y es asesora en centros docentes. Leí esta entrevista con ella a raíz del caso de Diego y le pedí que me explicara de forma muy práctica cómo se podían detectar esas señales. Beatriz me envió un texto que paso a reproducir a continuación.

En qué me puedo fijar para saber si mi hijo está sufriendo acoso escolar

En su comportamiento: Nadie conoce a tu hijo mejor que tú y cualquier cambio en su forma de comportarse puede ser una señal. Si ves que de repente no quiere ir a clase, que suspende, hace pellas/novillos, que comienza a salir menos, que quiere abandonar las actividades extraescolares o que empieza a tener pesadillas estate alerta. Eso sí, no te olvides de que estos cambios pueden ser lentos y progresivos.

En su estado de ánimo: sufrir acoso es algo altamente estresante y es fácil que tu hijo se muestre más desconfiado, alterado, irritable, triste, nervioso,…sobre todo los domingos o antes de ir a clase.

En síntomas físicos: dolor de cabeza, mareos, vómitos, sensación de asfixia, temblores, palpitaciones, cambios en patrones de sueño, falta de apetito o incluso que se hace pis en la cama… (sin causas médicas).

En si empiezan a pasar “cosas raras”: A veces nuestra propia intuición nos dice que algo “raro” está pasando, pero ni se nos pasa por la cabeza que pueda ser acoso escolar. Algunas de estas cosas son: que aunque le hemos dado bocadillo para la merienda, viene muerto de hambre, que nos pide más dinero del habitual, que viene con material o ropa rota muy habitualmente o sin algunos objetos…

Si sospecho que está siendo víctima de acoso, ¿hay algo que yo pueda hacer?

Claro que sí, el apoyo de los padres en cualquier situación difícil de la vida de los hijos es fundamental para que puedan superarlo.

La comunicación y la confianza es imprescindible. Tanto si tu hijo te cuenta abiertamente como si te sugiere que está sufriendo acoso muéstrale que le crees y no le quites importancia.

En ningún momento le culpabilices o des a entender que en cierta parte es responsable de haberse dejado atacar.

Ponte en contacto con el colegio o instituto y asegúrate de que se toman medidas para que tu hijo esté protegido. Contacta con el tutor, jefe de estudios y director. El acoso es un conflicto que se da dentro del colegio y lo ideal es que se pueda resolver ahí.

Si el acoso continúa ponte en contacto con un abogado que te explique las opciones. Desde luego si alguien debe ser expulsado del centro o juzgado es el acosador, no tu hijo.

Ponte en contacto con un psicólogo que pueda ayudar a tu hijo a expresar y procesar todo lo que le ha pasado y para que pueda recuperar o adquirir las herramientas necesarias para hacer frente a posibles situaciones similares en el futuro.

[Estas pautas coinciden en gran medida con el protocolo de actuación de la Asociación Española para la Prevención del Acoso Escolar (AEPAE), que divide las recomendaciones en distintos niveles (prevención, cortafuegos, actuación) y con directrices para padres, niños y profesores. Echad un vistazo a su web, porque tengo la impresión de que merece la pena. Yo mismo intenté ponerme en contacto con ellos para este texto, sin éxito.]

Seguimos, pues, con Beatriz y con las señales, ahora para la detección del posible verdugo.

En qué me puedo fijar para saber si mi hijo es un acosador escolar

En su comportamiento: desde hace un tiempo o desde siempre no acepta las negativas y se frustra con mucha facilidad cuando no consigue lo que quiere. Habla de otros chicos despectivamente y desde una posición de superioridad, ha estado en peleas, no cumple las normas en casa, no asume la responsabilidad de sus actos ni pide perdón cuando hace algún daño.

En su estado de ánimo: no muestra vulnerabilidad, no muestra miedo, inseguridad o tristeza. Es como si esas emociones estuvieran prohibidas y se sustituyeran por unas ganas enormes de poder y conseguir lo que quiera por encima de todo y de todos.

En “cosas raras”: aparece en casa con cosas que no le pertenecen, se ha comprado cosas y no sabes de dónde ha sacado el dinero, viene con golpes…

Y si sospecho que está siendo acosador, ¿hay algo que yo pueda hacer?

Muéstrate abierto a escuchar cosas desagradables sobre tu hijo. Es difícil aceptar que tu hijo está haciendo daño y se está comportando de una manera tan agresiva, pero volver la vista e ignorarlo no le va a hacer ningún favor.

Hazle saber que desapruebas su conducta y a la vez muéstrate disponible y preocupado por él. No le quites importancia diciendo que son cosas de niños o que alguna culpa tendrá la víctima. Es importante que se responsabilice de sus actos.

Colabora con el centro escolar para que tu hijo cumpla las consecuencias que se decidan. Es importante que comience a aceptar los límites aunque se muestre muy frustrado.

Asegúrate de que estás siendo buen ejemplo de gestión emocional, que no estás hablando ni actuando de forma agresiva. La mejor forma de enseñar a tu hijo otra forma de comportarse y de expresarse es con tu ejemplo.

Abre un canal de comunicación con él, necesita volver a acercarse a su vulnerabilidad y poder expresar lo que tiene por dentro de forma adecuada y sin sentirse juzgado.

Revisa los límites que tiene en casa, establece normas claras con consecuencias claras. Ayúdale a entender el punto de vista de los demás y ofrécele ejemplos y ayuda de cómo reparar un daño.

Si no quiere hablar contigo, acude a un profesional especializado en estos casos. Mientras tanto ayúdale a canalizar la rabia con actividades de su interés, como puede ser el deporte.

Buscando recursos para escribir esta entrada, he dado con algunas cosas que me gustaría compartir para todo aquel que pudiera estar interesado en el tema. En primer lugar, esta conferencia de Carmen Cabestany, secretaria de la Asociación NACE (No al acoso escolar). Es una charla emotiva y muy didáctica pronunciada en uno de los actos de la ONG Gestionando Hijos.


También está el informe Cisneros X, elaborado por el Instituto de Innovación Educativa y Desarrollo Directivo (IIEDDI) dirigido por Iñaki Piñuel, profesor de la Universidad de Alcalá de Henares y experto en mobbing y otros tipos de acoso.

Finalmente, este reportaje de mi compañero Fernando Gualdoni, que describe el programa KiVa finlandés, con el que enseñan a los niños a identificar situaciones de apoyo desde que son muy pequeños y que ha sido exportado a otros países de Europa y EE UU.

FUENTE: El País. 

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