Es la historia la que hace coherente una ley específica contra la violencia de género ejercida a la mujeres: LO QUE DIJERON DE NOSOTRAS

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LO QUE DIJERON DE NOSOTRAS

A lo largo de la historia, grandes eruditos, filósofos, pensadores, hombres de ciencia y mentes respetables, fueron sembrando el prado de la misoginia con frases memorables que hicieron las delicias de aquellos que temían y odiaban a las mujeres. Frases que ahora provocan incluso cierta hilaridad (por aquello de que mejor reír que llorar…) pero que en su momento amedrentaron los temerosos corazones de muchas mujeres angustiadas por la condena eterna y despertaron la ira de otras tantas que ante semejantes ideas primitivas no quisieron mostrarse indiferentes.
Ya en la Antigüedad Clásica, grandes filósofos de la talla de Aristóteles, dijeron de nosotras que éramos un mal necesario y un error de la naturaleza. En la misma línea, Homero aseveraba que no debe depositarse ninguna confianza en la mujer y el poeta Juvenal gritaba con gran vehemencia: ¡Tomar esposa! ¿no preferirías agarrar una cuerda y ahorcarte?
Incluso aquellos que dieron acceso a la mujer al estudio, como el filósofo griego Pitágoras, quien se enamoró de una de sus pupilas, afirmaba con contundencia: Hay un principio bueno, que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo, que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer.
Las religiones, todas, debieron beber de las fuentes clásicas porque ninguna dejó en buen lugar a la mujer. Desde el lejano Oriente, hasta las religiones occidentales, todas construyeron frases memorables. En la India, la mujer debía reverenciar al hombre como un Dios mientras Buda afirmaba: La mujer es mala. Cada vez que se le presente la ocasión, toda mujer pecará. En la misma línea, los árabes, quienes no dudan en aconsejar la violencia física para amedrentar a las mujeres: Cada tanto dar una paliza a la mujer es algo saludable. Si no sabes por qué, ella sí lo sabe.
El catolicismo tampoco nos dejó muy bien paradas. A pesar de que la figura de la Virgen María vino a amortiguar la imagen pecadora de Eva, fue siempre negando su faceta humana y sexual. La virginidad, la pureza, el recato, fueron siempre condición indispensable para ganarse el cielo. Uno de los padres de la Iglesia, Tertuliano, se hizo suyas las palabras antes citadas de Aristóteles diciendo que la mujer es un mal necesario y no hay casa sin ese mal.
Tampoco la fe protestante quiso que las mujeres fueran vistas como seres humanos en igualdad de condiciones con los hombres. Lutero estaba convencido de que no hay manto ni saya que peor siente a la mujer que querer ser sabia.
Incluso humanistas como Erasmo de Rotterdam pensaban que la mujer es, reconozcámoslo, un animal inepto y estúpido, aunque agradable y gracioso.
Entrado ya el Siglo de las Luces, en el que parecía haber desaparecido el oscurantismo medieval y la revolución científica e intelectual estaban en pleno auge, las mujeres fueron también criticadas y denostadas como posibles mentes pensantes. Mientras Honoré de Balzac creía que emancipar a las mujeres es corromperlas, otro gran escritor francés, Molière, estaba convencido, por muchas razones que no es bueno que la mujer estudie y sepa tanto.
En fin, que durante siglos, a las mujeres se nos vio como un ser necesario, como una máquina para producir hijos, como decía Napoléon Bonaparte. No es de extrañar que las mujeres larvaran en su interior angustias, miedos, e incluso odio y profunda desesperanza, ante semejantes afirmaciones.
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